La fotografía como evidencia. La representación gráfica y la construcción de la memoria colectiva del Holocausto
la fotografía como evidencia
   
   

Conclusiones. El dilema sobre las fotografías

Por cada imagen del pasado que no se reconoce en el presente como propia corre el peligro de desaparecer irremediablemente. Las imágenes del pasado sólo se han hecho reconocibles a través de su relación con el momento presente.

Hemos sobreexpuesto las imágenes del Holocausto hasta tal punto que han perdido su impacto, igual que muchas de las fotografías de las personas sin techo o los niños hambrientos de África, de modo que han perdido su significado, debido a la constante repetición. Las representaciones del Holocausto necesitan ser reexaminadas, porque no es sólo crítica justificada sobre las formas en las que la historia del Holocausto se registra, sino también en su posicionamiento como la instancia de trauma por excelencia en el siglo XX.

El argumento más común a favor de observar las imágenes de atrocidades del Holocausto es que debemos a las víctimas el hecho de no olvidar jamás su tragedia, y mantenernos siempre alerta y sensibles a los genocidios del presente. Pero como Zelizer ha señalado, la misma persistencia de la memoria, habilitada por las imágenes, “deshace la habilidad de responder”; cuanto más familiares son las imágenes de atrocidades, más debilitada está nuestra respuesta moral y ética, y más atrocidades similares pueden ocurrir. Ciertamente, aunque es nuestro conocimiento del Holocausto es mayor, no ha impedido que continúen ocurriendo genocidios. Zelizer señala que durante la guerra de los Balcanes de los 1990, los medios de comunicación americanos se abstuvieron de publicar fotografías de atrocidades, en gran medida porque los lectores no querían verlas. La capacidad de absorber esas imágenes estaba colapsada. Incluso aunque las imágenes evocan un déjà vu, las referencias a las atrocidades del pasado meramente “reciclan” las evidencias históricas.

¿A quién, por tanto, pertenecen esas fotografías? ¿Y qué historias explican? La representación fotográfica del Holocausto no proporciona una relación global de los hechos históricos que las narrativas fotográficas generalmente nos llevan a creer; no es posible. Las fotografías son fragmentos. Ilustran historias, no las explican. Como Young señala: “La memoria nunca está formada en el vacío; los motivos de la memoria nunca son puros”. Las fotografías y sus interpretaciones no nos proporcionarán siempre un mejor entendimiento del hecho histórico que denominamos Holocausto; más bien, nos recuerdan cómo el mundo ha sido organizado desde entonces. El presente siempre tiene sus propias prioridades para reconstruir el pasado.

Las imágenes de los ancianos y de los jóvenes en medio de la tragedia son particularmente afectantes, porque representan la vulnerabilidad de la humanidad. Los nazis equiparan su vulnerabilidad con la debilidad; los incapaces de trabajar, estaban condenados a muerte, y esta era una evidencia de la supremacía nazi y de la eficiencia del proceso de selección. Una fotografía prueba poco más que la escena que existe actualmente; cualquier otro significado es extraño. Para saber más de la misma, debemos mirar no la fotografía, sino más allá de ella, de su significado inmediato.

Los sentimientos populares expresados sobre las fotografías (“cada película explica una historia”) son significativos sólo si el contexto o la historia ha sido establecida, ya sea en un museo, un archivo, un periódico, un álbum familiar o incluso un campo de exterminio. Cómo percibimos e interpretamos una fotografía determinada es un asunto de un contexto específico en el que nos encontramos integrados, así como la situación histórica específica en la que nos encontramos anclados nosotros mismos.

Aunque una imagen no esté catalogada, cuando la miramos instintivamente queremos ver más. El momento capturado nos intriga y nos decepciona: sus limitaciones nos avisan. ¿Qué ocurre antes o después de que la fotografía sea tomada? No lo podemos saber. Las limitaciones de lo que una fotografía puede mostrarnos nos ayudan a plantear cuestiones que apenas podemos responder. Nuestras imaginaciones, informadas por el contexto de las fotografías, completan la narrativa de aquello que no vemos, que se mantiene fuera de la imagen. No mostramos una fotografía familiar o un álbum familiar a alguien sin describírsela; por el contrario, explicamos historias que no necesariamente describen lo que las fotografías muestran, sino más bien las asociaciones y memorias provocadas por ellas.

Las fotografías provocan recuerdos de un entorno más amplio. Como la memoria, las fotografías son efímeras, sujetas a cambios, de acuerdo con a quien pertenece la memoria. Pero a diferencia de la memoria, una fotografía es evidencia de que un momento en el tiempo puede, sin duda, existir. Como la gente aprende a interpretar las fotografías, también pueden aprender a interpretar la memoria. Las fotografías, como la memoria, pueden revelar evidencias de un momento en el tiempo, pero también pueden ocultar la historia que se mantiene fuera de la imagen.

Ya que muy pocas personas tienen memorias directas del campo, nosotros “conocemos” sólo a través de sus reliquias y recuerdos. Las imágenes se han hecho tan familiares que imaginamos que (los ancianos, y los niños, las multitudes en la rampa de Birkenau y las puertas de Auschwitz) nos dan un acceso inmediato al pasado. Imaginamos que es así como ha pasado: convencidos de que las fotografías reflejan la realidad del pasado, entramos en el reino de la ficción. Las imágenes se han convertido en la suma total de lo que muchas personas “saben” sobre el Holocausto: las personas anónimas mostradas a lo largo del camino, pertenecen a la auténtica historia y aún más a una específica. Pero la yuxtaposición de sus historias y fotografías no pueden ser su memoria, o la memoria del fotógrafo aunque, en efecto, crearon “memoria”. Es una ficción que nos invita a la fantasía.

Pero mirar una fotografía de una pila de cuerpos en Buchenwald, no puede darnos sentido de lo que ha pasado. Si los actos de atrocidad están más allá de la comprensión de la mayoría de nosotros, entonces poco puede conseguirse mirando esas imágenes. ¿La muestra de fotografías nos enseña realmente algo sobre la Segunda Guerra Mundial y el genocidio nazi? ¿O tal vez el Holocausto, tal como se representa en las fotografías, prueba ser, como sugiere Finkelstein, “un arma ideológica indispensable”?.

Los nazis tomaron fotografías de sus víctimas para humillarlas y degradarlas. ¿No estamos en connivencia con ellos, al mostrarlas nosotros mismos? ¿Tenemos el derecho de mostrar a las personas en sus últimos momentos antes de enfrentarse a la muerte, para apoyar a la propaganda, por cualquier propósito? Parece el momento adecuado para frenar el uso repetitivo y con frecuencia imprudente de esas fotografías, sin respeto para aquellos que murieron ¿No deberíamos devolver esas fotografías, y a aquellos suficientemente desafortunados para estar en ellas, al estatus de documentos históricos, en lugar de alardear de ellas?

Las fotos de atrocidades de la Segunda Guerra Mundial continúan ocupando los corredores de nuestra vida colectiva, recordándonos el horror y la maldad que vivimos hace poco más de medio siglo. Se han asentado en nuestras conciencias como fotografías medio reprimidas y noticias, las primeras imágenes, siempre recordatorios presentes de lo que ahora llamamos Holocausto. Son uno de los muros de la casa que contiene la memoria del Holocausto. Incluso el posicionamiento en la memoria del registro visual de la atrocidad nazi y su invocación en formas que desafían, distorsionan, minan y corrompen las memorias colectivas del pasado, provoca un número importante de cuestiones. No sólo la memoria visual revela límites perturbadores a la resonancia de las imágenes como documentación histórica, sino que pone en duda la posibilidad de usar las fotos para dar testimonio de los hechos del pasado.

Esto sugiere que al facilitar el acto de testimoniaje décadas después del hecho, la fotografía habría perdido sus lazos con los hechos que al principio describía. Así, el problema con la imaginería del Holocausto, como Andreas Huyssen ha señalado, es “no olvidar, sino más bien su ubicuidad, el exceso”. El empuje original hacia una historia más amplia que las fotos de atrocidades ayudaron a colocar habría facilitado el acto de testimoniar, que está incuestionablemente ligado con los hechos en su núcleo. Autorizando a ambos elementos, aquellos que buscaban autentificación de las atrocidades nazis y aquellos que las negaban, las fotos amenazan con convertirse en una representación sin sustancia.
Las fotografías de atrocidades son como lápidas: crean un espacio visual para los muertos que ancla el mayor flujo del discurso sobre los hechos que motivaron su muerte. Así, las lápidas, como los cementerios que los acogen, son significativas sólo en tanto que merecen la atención de los vivos. Sin las ceremonias memoriales, flores y prácticas generales de mantenimiento de la memoria, las lápidas (y los muertos que enmarcan) se desvanecen.

En referencia a Auschwitz, el historiador del Holocausto Jonathan Webber señaló que “el pasado se convierte en presente sólo a través de la representación”, pero no podemos conocer el pasado de ninguna otra forma. Demasiado a menudo ignoramos la forma de representación y asumimos que nos proporciona acceso inmediato al pasado.

Al ofrecernos parámetros más amplios para visualizar los hechos y una menos explícita descripción de sus detalles, la fotografía hace aparecer importantes cuestiones sobre documentación. Mientras la cambiante forma del hecho de dar testimonio se acomoda a una atención disminuida a los detalles en el tiempo, el testimonio arranca imágenes libres de detalles, de modo que estos detalles podían ser efectivamente utilizados para explicar una historia más amplia que la de las escenas que describen. El uso de los medios de comunicación de las imágenes está creando inadvertidamente una brecha entre la representación y la responsabilidad, en la que el uso original menos fundamentado, el peor, uso puede convertirse en memoria.

Los historiadores son incapaces, en muchos casos, de ver las imágenes, de interesarse por las mismas, o de tener el poder de generar ideas y preconcepciones. Así, las imágenes ejercen una enorme influencia sobre cómo entendemos el pasado y como el presente. Las técnicas modernas de reproducción y publicación de imágenes del pasado (especialmente las fotografías) han circulado ampliamente en libros de texto y revistas ilustradas, por no mencionar películas históricas.

Los alemanes apenas han mirado fotografías sin también leer textos sobre la Alemania nazi y el Holocausto. ¿Cuál es la relación entre esas representaciones textuales y visuales? ¿Se refuerzan mutuamente los textos y las imágenes o trabajan en intereses opuestos? ¿Cuáles son las similitudes y las diferencias en las formas en las que las imágenes y los textos crean su significado? ¿Pueden las imágenes en la mente producir un texto escrito más poderoso que las fotografías? ¿Qué teorías y qué metodologías necesitamos para “leer lo visual”, que son diferentes de los instrumentos que utilizamos para “leer textos”?

Estas fotografías no siempre llevan al observador a mirar, a ver lo que realmente está mirando, ni puede ser explicada para crear elementos de empatía entre el sujeto contemporáneo y la persona desde el pasado inimaginable. El dilema es que esas fotografías ofrecen información crucial que no puede ser descontado. El horror puro de los hechos de la Shoah complican su reconocimiento visual; el trauma que imprimen sobre los supervivientes y la generación post-Auschwitz forma parte de esas dificultades. Los mismos hechos, como historia traumática, resisten el simple entendimiento, accesibilidad y descripción. La incomprensibilidad de la Shoah debería servir para desafiar los intentos históricos tradicionales para explicar los hechos.

Las fotografías no sólo sirven al propósito de recordar al observador sus experiencias pasadas y la historia pública, sino también llevar la historia de vuelta al presente, que está inevitablemente conectada con el presente, precisamente a través de la representación visual. El acto de la observación implica no sólo el deseo de la verdad, no importa la forma que tome, sino también un anhelo de un sentido del pasado, o mejor dicho, dar un sentido por parte del observador del pasado. Las nuevas interpretaciones de la imagen fotográfica puede transformar las memorias y las imágenes de dentro a fuera.

Las respuestas emocionalmente motivadas por las imágenes de atrocidades han dominado el discurso público.¿Cuál es, en ese caso, el papel de la imagen de atrocidades en las aulas o los libros de texto, si la atrocidad es deliberadamente usada por motivos educativos? Las evidencias visuales no pueden considerarse tan banales como cualquier otra, incluso si el objetivo pedagógico es meramente presentar únicamente evidencias históricas.

En referencia a las imágenes de atrocidades, hemos tendido hacia la preservación, como si se tratase de un imperativo moral, pero si esa elección supone retención de, en lugar de conservación de, la mirada nazi, deberíamos considerar otras alternativas. Los significados del pasado son nuestra responsabilidad, y están perpetuamente en riesgo, en un sentido positivo: con cada mirada, con cada lectura, se están generando siempre nuevas memorias y significados, y el resto se van transformando. Por tanto, los historiadores necesitan aprender cómo ser responsables con las imágenes de las atrocidades, y cómo traspasar ese conocimiento. Precisamente porque “ver” las fotografías no nos garantiza la solidez, ni mucho menos la solidaridad, de nuestras memorias individuales selectivas.

Quizás ha llegado el momento de valorar nuevamente esas imágenes de atrocidades, tanto para la justicia como para la educación. A menos que y hasta que podamos dar a cada imagen un escrutinio histórico adecuado, todas las piezas de las evidencias deben someterse a escrutinio: no podemos publicarlas responsablemente, no podemos hacerlas circular, no podemos referirnos a ellas.

A través de las palabras y las imágenes, los medios de comunicación han ordenado las experiencias del público sobre las nuevas atrocidades, por medio del reciclaje de palabras clave (Holocausto, genocidio, masacre, limpieza étnica, etc.). Hasta cierto punto, este “léxico giratorio” de términos, contextualiza el barbarismo contra sus antecedentes y hace resurgir las atrocidades, manteniéndolas vivas y recordándonos lo que sucedió antes.

La resonancia del pasado genera numerosos títulos de segunda generación referidos a las atrocidades: el pueblo vietnamita de My Lai asumió comparaciones con Lidice; las atrocidades de Camboya de los años 1970 merecieron el título del “Auschwitz de Asia”, etc. Pero, mientras las constantes referencias mantienen las atrocidades en la imaginación pública, también la abandonan. Empleando términos familiares en demasiados contextos nuevos de barbarie, se aplana la resonancia del término original, y se niega la complejidad de los hechos a los que se hace referencia. Un abuso de estos elementos verbales y visuales hace que pierdan parte de su significado: lo esconde, lo emborrona o, al menos, lo transforma en remoto a través de diferentes grados de inmediatez y verdad.

Esto se puede apreciar vivamente en el reciclaje de dos términos muy directamente asociados con la atrocidad: Holocausto y genocidio. El término Holocausto ha sido sobreutilizado, hasta el punto de que ya no mantiene ningún lazo directo con los hechos que originalmente lo convirtieron en parte del recuerdo público. La palabra se ha transformado, de forma que cualquier maldad que acontece a alguien en algún lugar se ha convertido en un Holocausto. El fracaso a la hora de invocar elecciones léxicas para describir las atrocidades está forzando a vaciar de contenido el término original. De forma similar, el término genocidio (originalmente utilizado en 1944 y definido por la Convención de Genocidio de las Naciones Unidas como actos llevados a cabo con el intento específico de destruir un conjunto o una parte de un grupo nacional, étnico, racial o religioso), es usado regularmente para describir actos bárbaros. Es invocado, por ejemplo, para la matanza sistemática de naciones o grupos étnicos y otros casos menos generalizados de brutalidad, como los asociados a Sri Lanka, Nigeria y Tíbet. Paradójicamente, el término genocidio es tan poderoso que, en ocasiones, se llevan a cabo considerables acciones para evitar su uso. Algunos sutiles cambios aplanan aún más el término original de referencia, como el uso de “holocausto” en lugar de “Holocausto” y “genocida” en lugar de “genocidio”. También afecta al término “solución final”, que se transforma en un referente plural (“soluciones finales”), para significar los regímenes bárbaros de una forma más amplia, como el de Pol Pot o Papa Doc.

En cada caso, los medios de comunicación dan significado a nuevos elementos de horror, contextualizándolos contra la brutalidad original. Así, eliminan la complejidad de los hechos originales y crean un macabro continuum de barbarie que convierte la atrocidad en la corriente principal, golpeando a la memoria pública, provocando su entrada en una inacción estupefacta.

El Holocausto no fue el primer caso de genocidio y asesinatos masivos, pero se ha convertido en el caso arquetípico, facilitando la repetición de las imágenes persistentemente de las brutalidades nazis en la descripción de otras atrocidades contemporáneas. El lazo entre vehículos de memoria y hechos del pasado, en lugar de seguir senderos más o menos predecibles hasta el presente, asume diferentes significados y elementos asociados.

Las referencias a las imágenes de los campos nazis activan un banco de memoria que permite a los observadores visualizar actos contemporáneos de atrocidad en una conjunción con lo que recuerdan de las imágenes recicladas de la Segunda Guerra Mundial. Pero al proporcionar una categoría visual para describir muchos actos recientes de barbarie, el sobreuso de las fotos puede disminuir la necesidad de “ver” más instancias contemporáneas de brutalidad. Las imágenes proporcionadas hace tiempo (de los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial) ofrecen un contexto que minimiza los hechos que se contextualizan. Nuestra impotencia hacia esas atrocidades más contemporáneas pueden, por tanto, derivar de nuestro sentido de lo que ya sabemos hacia lo que parece.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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