topografía de la memoria y del terror    
La representación del Holocausto


Los museos que representan el Holocausto, presentan algunas características particulares, referidas especialmente a dos grandes temas: la extrema dificultad que supone representar el horror, y la importancia de los testimonios orales y la necesidad de su inclusión en las políticas de la memoria, debido a su gran valor histórico y la eficacia educativa que implica la transmisión directa de lo acontecido.

A la hora de considerar la representación de los horrores del Holocausto, se deben evitar dos riesgos extremos, la exhibición morbosa del horror, y la característica opuesta, la construcción de una representación totalmente simbólica o metafórica, que diluya la intensidad y la violencia de los hechos originados. En ambos casos se pierde el sentido educativo y el mensaje ético, que deben configurar el objetivo esencial de los intentos de reconstruir la memoria de los campos de concentración.

Los intentos de recuperación de la memoria de los campos deben generar en el visitante una identificación con la escena e incorporarlo como observador y, a la vez, como protagonista. Estos propósitos educativos no se logran ni con una excesiva distancia simbólica (que rompe el efecto empático), ni con un morboso exhibicionismo (que aturde al visitante). Se trata de encontrar un justo equilibrio entre la muestra y el procesamiento simbólico de lo que se muestra, de los hechos. El uso abusivo de la imagen estética puede hacer perder la densidad existencial de los hechos, obstaculizándose o desmintiéndose la verdadera trama histórica. Por tanto, se debe desarrollar una forma testimonial con elementos de representación que no angustien excesiva e innecesariamente al visitante.

Podemos encontrar formas pragmáticas de representación de estos acontecimientos en la película Shoah, de Claude Lanzmann, en la escritura de Primo Levi o Imre Kertész, en la poética de Paul Celan, etc. En todas estas obras se articulan adecuadamente el mensaje estético y el substrato ético que se quiere desarrollar: un tratamiento metafórico de lo realmente inenarrable. No debemos embellecer lo siniestro que ocurrió, sino buscar obras que nos transmitan la verdadera esencia de lo que pasó. Las expresiones artísticas han intentado vencer la imposibilidad de poner palabras al horror de los campos de concentración.

Debemos buscar la complementariedad entre la construcción histórica “positivista” (basada en datos, cifras, estadísticas y documentos), y la tradición oral de los testimonios, que aportan una dimensión existencial de gran importancia. El primer aspecto puede derivar en un academicismo estéril, que recree formas estériles y vacías de contenido. El segundo puede provocar un sentido emocional sin rigor conceptual ni base académica.

Los testimonios reivindican la memoria de los supervivientes como un método para recuperar el registro personal y subjetivo de los hechos, una dimensión de valor incalculable por la carga emocional que supone el relato de lo vivido por cada individuo. Esta política de la memoria parece oponerse al rigor ordenado y reglado de la historia, que presenta los hechos en una secuencia ordenada y sistemática.

Pero tampoco se trata de una mera oposición formal entre el ámbito académico y el testimonio oral, sino de un equilibrio entre ambos. Porque la realidad del horror del que tendemos a escapar, la recuperamos, reviviéndola, en el acto mismo del relato oral. Los relatos orales constituyen un elemento complementario de la historia escrita y documental, que en ningún sentido apacigua y atenúa los hechos, porque toda información científica tiende a ocultar el exceso de horror. A la historia escrita le debemos aportar una historia viva que se renueve con cada testimonio de los supervivientes.

Así se reivindica el papel del testigo y de su memoria, porque la complejidad del Holocausto necesita la complementación de lo singular del testimonio oral con la rigurosidad del documento histórico. Por eso, debemos articular ambos discursos, ya que de ambos surgirá un mayor rigor histórico, pero con un fuerte mensaje ético.

La arquitectura de los museos y memoriales de conmemoración del asesinato sistemático de millones de seres humanos, sirve principalmente como forma de representación. Construido para simbolizar los horrores que transpira, sin embargo, esos memoriales también expresan, inevitablemente, la relación de sus creadores con esos hechos: toda la arquitectura encapsula funciones y significados relacionados con el momento de su creación. El problema del arte conmemorativo y sus interpretaciones es más fundamental que el del mero énfasis nacional en esa conmemoración.

Un memorial ¿debería ser juzgado por su estética o por la novedad de su diseño, más que su poder emotivo y evocativo? El monumento de Auschwitz-Birkenau, un conjunto de edificios de piedra con una chimenea, las ruinas de los dos crematorios, es uno de los más poderosos de los diseños presentados. Pero el sitio mismo, con sus ruinas, los edificios, las chimeneas solitarias, etc., tiene una fuerza memorial sin paralelo. El monumento de granito negro diseñado en 1957 para Birkenau fue tan exitoso, precisamente, porque capitalizaba esa fuerza, porque el memorial no intenta competir con los restos diseminados.

En Treblinka, el memorial de piedra, rodeado de miles de lápidas inscritas con los nombres de las ciudades y pueblos cuyos judíos fueron asesinados en el campo, permite a los visitantes analizar y percibir el pasado infernal de ese lugar. Como memorial, se convierte en algo que remueve el pasado, en el tiempo y el espacio, para conseguir la plena representación y ser tan evocativo como sea posible.

Estos principios explican porqué algunos de los museos más importantes de Europa están usualmente ligados espacialmente a los restos de sus referencias históricas, mientras los museos, archivos y bibliotecas intentan crear un marco simbólico lo más cercano posible al pasado. Ningún monumento puede reemplazar a las palabras aunque, una vez que las hemos leído, su elemento artístico debería servir para representarlas de forma simple, preñando la imagen que queremos fomentar y reclamando su emotividad. Este debería ser el ánimo final de cualquier estudio sobre la memoria del genocidio, del Holocausto y, en general, del Nacionalsocialismo y del Tercer Reich.
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