Alemania: memoria dividida
Memoria dividida 1945-2005
Ambigüedad de la memoria alemana
RFA y la amnesia colectiva
Política de la memoria en la RDA
Problemas tras la unificación
Memoria de la ausencia
Algunas conclusiones
   
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  La memoria del Holocausto en Alemania: la memoria dividida, 1945-2005


Algunas conclusiones

El paisaje de la brutalidad nazi aún mantiene su poder para horrorizarnos, porque su impacto emocional no puede ser borrado. Pero la interpretación de la historia que representa ese paisaje es un flujo continuo. En el mundo de post-posguerra, el legado perdurable de los campos de concentración debe servir como una advertencia contra las formas de terror político y odio racial, y debe extenderse al conjunto de la población mediante la educación.

La memoria pública es un terreno disputado, especialmente cuando el hecho recordado es tan controvertido como el Nacionalsocialismo. Lo primero que debemos hacer es plantearnos una serie de cuestiones importantes: ¿Qué memorias públicas de los campos nazis han existido? ¿Cómo se han desarrollado en el tiempo? ¿Cómo han transformado la naturaleza de la vida política, cultural y social alemana?

Esta memoria pública está siendo constantemente modelada, transformada y adaptada en un gran número de imágenes y espacios memoriales. Dependiendo de dónde y quién está construyéndolos, se recuerda el pasado según una gran diversidad de mitos nacionales, ideológicos y necesidades políticas. Algunos recuerdan a los caídos en la guerra, otros a la resistencia contra el ocupante o la dictadura, y muchos otros el genocidio judío. Todas reflejan tanto las experiencias pasadas y actuales de sus comunidades, como la memoria misma del Estado. En un nivel mucho más específico, estos memoriales también reflejan el temperamento de la memoria del artista y de su tiempo, su lugar en el discurso estético y sus medios (YOUNG, James E., The texture of memory, pág. 2). Para muchos artistas contemporáneos, lo principal son las necesidades del arte, no el público al que va dirigido o la memoria que se quiere recordar. Pero para muchos supervivientes la necesidad es creer que la realidad de sus experiencias reclama una expresión memorial tan literal como sea posible.

Tanto las razones para la construcción de los memoriales como las formas de memoria que generan son tan variadas como los sitios mismos. Algunos son construidos en respuesta a la prescripción tradicional judía de recordar; otros, de acuerdo con la necesidad gubernamental de explicar el pasado de una nación a ella misma, y otros por la necesidad social de mantener un pasado que cohesione el presente. Donde el ánimo de algunos memoriales es educar a las nuevas generaciones e inculcar en ella un sentido de experiencia y destino, otros memoriales son concebidos como formas de expiación de la culpa o auto-engrandecimiento. Como resultado, los memoriales del Holocausto inevitablemente mezclan las imágenes nacionales, políticas y religiosas. Por tanto, nuestro entendimiento de los hechos depende de la construcción de la memoria, pero también de la constatación de que hay consecuencias muy amplias en el tipo de entendimiento histórico generado por los monumentos y los memoriales. En lugar de permitir al pasado anclarse en sus formas monumentales, debemos vivificar la memoria a través del trabajo que los memoriales hacen.

En el caso del genocidio judío, por ejemplo, en Alemania los memoriales recuerdan a los judíos en su ausencia. En Polonia, incontables memoriales en los antiguos campos de exterminio conmemoran la completa destrucción de la población polaca, a través de la desaparición de sus comunidades judías. En Israel, los mártires y los héroes son recordados conjuntamente, ambos redimidos por el nacimiento de un Estado independiente. En los Estados Unidos la memoria está dirigida a no apartarse de los ideales y experiencias norteamericanas, como la libertad, el pluralismo y la inmigración.

En todos estos casos los monumentos y memoriales, por sí mismos, son de poco valor, meras piedras en el paisaje. Como parte de los ritos o como objetos de peregrinaje de la población, quedan investidos del alma y la memoria de la nación. Al asumir las formas idealizadas y los significados asignados por el Estado, los memoriales tienden a concretizar interpretaciones históricas particulares.

Pero la relación entre el Estado y sus memoriales no es unívoca. Por un lado, los organismos estatales están en posición de formar la memoria explícitamente tal y como la necesita el Estado. Por otro lado, una vez creados, los memoriales cobran vida propia, a menudo resistente a las intenciones originales del gobernante. En algunos casos, las nuevas generaciones visitan los memoriales bajo circunstancias muy diferentes a las del momento de su creación y los dotan de sus nuevos significados, como pasó en la Europa oriental, tras la caída del Muro. El resultado final, invariablemente, es una evolución en el significado de los memoriales, generado por los nuevos tiempos como, por ejemplo, la transformación del memorial de Buchenwald en un monumento en recuerdo de los crímenes estalinistas.

Los memoriales proporcionan lugares donde grupos de individuos consiguen crear un pasado común para sí mismos, donde se explica su narrativa constitutiva, historias de su propio pasado, que llevan a la formación de esa colectividad. En determinados momentos, incluso la actividad de recordar juntos se convierte en parte de la memoria compartida.

La explosión de la memoria que se ha producido en los últimos años sólo es uno de los aspectos de lo que es considerado un giro a la historia. A menudo está acompañada por una relación activa con los sitios históricos, entre los que el Tercer Reich figura de forma prominente. Gracias a los esfuerzos de los talleres de historia local, el emplazamiento de los campos de concentración o trabajos forzosos en cualquier localidad es ahora conocido, y están disponibles guías en cada pequeña ciudad y pueblo que explican la historia de ese emplazamiento histórico. El movimiento social de recuerdo utiliza objetos del pasado y sitios particulares del Tercer Reich como un sendero que es crucial para el descubrimiento de una conciencia histórica: es el presente alemán el que pone de manifiesto el pasado nazi. La interpretación más común del movimiento social de recuerdo está resumida por el famoso dictado sobre el “pasado que no pasa”: ese lastre continúa marcando fuertemente a Alemania, debido a la naturaleza inexplicable de los crímenes cometidos en nombre de su población. Por tanto, se convierte en un pasado que se impone al presente (GEYER, M., HANSEN, M., “German-Jewish memory”, pág. 187).

No es suficiente preguntarnos si los memoriales recuerdan o no al Nacionalsocialismo y al Holocausto, o cómo lo recuerdan. También deberíamos preguntarnos qué finalidad queremos recordar, para reconocer que la influencia de la memoria no puede divorciarse de las acciones tomadas en su beneficio, y que la memoria sin consecuencias contiene en su interior las semillas de su propia destrucción.

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