Alemania: memoria dividida
Memoria dividida 1945-2005
Ambigüedad de la memoria alemana
RFA y la amnesia colectiva
Política de la memoria en la RDA
Problemas tras la unificación
Memoria de la ausencia
Algunas conclusiones
   
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  La memoria del Holocausto en Alemania: la memoria dividida, 1945-2005


Los problemas de la memoria tras la unificación

La identidad cívica de cualquier nación emerge de un sentido formado de propósitos y herencias comunes. En Alemania, la identidad nacional de posguerra se desarrolló sobre una negación: los políticos del Este y del Oeste erigieron lo que Paul Connerton denominó un “muro de memoria” contra el Nacionalsocialismo, y reclamaron que sus naciones comenzasen con esa Stunde Null (CONNERTON, Paul, How societies remember, Cambridge University Press, Cambridge, 1989, pág. 7). Pero las similitudes acabaron aquí. El elemento que más complicaba el proceso de formación de la identidad en ambos estados alemanes fue la negación del “otro”: ambos regímenes anclaban su propósito nacional en la oposición a la propia existencia de otro Estado alemán. Un ejemplo de esto podría ser la denominada “doctrina Hallstein”.

La reunificación (o unificación, depende del punto de vista) abrió un nuevo capítulo de la memoria colectiva en Alemania. La desaparición del régimen comunista provocó la crisis de la memoria oficial elaborada por éste, y se iniciaron las primeras batallas de la memoria, por ejemplo, a propósito de los monumentos y archivos de la ex RDA, sobre la historia de los campos de concentración nazis re-utilizados entre 1945 y 1950 por el Ejército Rojo y el régimen comunista como campos de confinamiento para los adversarios del régimen, sobre el papel de la población en su relación con los órganos represivos comunistas, etc. Sobre cada uno de estos temas se han enfrentado memorias diferentes e irreconciliables. Pero la memoria oficial de la Alemania unificada continúa caracterizándose por las incontables ambigüedades que presenta.

En la Alemania actual, los testigos directos del pasado nazi son cada vez menos, y por eso la mayoría de la población está compuesta por personas que tienen un conocimiento del período derivado, sobre todo, de los textos académicos, medios de comunicación, etc., más allá de lo que pudieran aprender de sus propias familias. Se trata, por tanto, de una memoria cada vez más evasiva, donde el problema de la transmisión (qué y cómo se transmite) se convierte en uno de los ejes centrales. Pero, a pesar de todos estos problemas, el pasado nazi continúa ocupando un lugar central en la memoria colectiva alemana, en lucha constante con sus propias contradicciones.

Y, de repente, en noviembre de 1989, el muro político e ideológico que separaba a los alemanes desapareció, y todos los planteamientos teóricos que se habían agrupado alrededor de conceptos como la “memoria de Buchenwald” pasaron a convertirse en elementos de controversia.

El principal debate derivado de la reunificación alemana procedía de las décadas de actividades educativas y conmemorativas dirigidas por el régimen comunista. Mientras en el oeste, durante los años 1960, los antiguos internos de los campos habían unido sus fuerzas con las iniciativas locales para presionar a los gobiernos estatales a crear programas educativos y memoriales, en la Alemania oriental esos grupos de presión local y regional nunca se desarrollaron. Esta ausencia, junto a la estructura de competencias educativas de la Alemania unificada, en la que los Estados federales son responsables de los sitios memoriales y los museos, provocó una crisis en referencia a la enseñanza del Holocausto.

En ningún caso las dificultades para llevar a cabo esa coordinación fueron tan dramáticas y profundas como en lo referente a Buchenwald: para los residentes en la antigua Alemania oriental, el campo aparece como una extensión de la retórica simbólica comunista que permeabilizó libros de texto, discursos, películas y novelas, un recordatorio de las dictaduras, tanto nacionalsocialista como comunista. Una comparación de Buchenwald con cualquiera de los memoriales de la Alemania occidental muestra el énfasis diferente que desde los niveles más elevados de los ámbitos políticos se da a la memoria pública, con un curso muy diferente en ambos casos. Pronto llegaron las solicitudes para que los “olvidados” de esta memoria (judíos, gitanos, homosexuales, disidentes políticos o religiosos, etc.) fuesen añadidos a los monumentos conmemorativos y las exposiciones del museo. Durante la festividad de Yom HaShoah, en 1991, supervivientes de la Europa occidental iniciaron una ceremonia en un pequeño memorial, honrando a los 600 judíos deportados a Buchenwald después de la Kristallnacht de noviembre de 1938. El memorial también honra a los 100.000 judíos que pasaron por el campo; en 1993, un concurso formal llevó a la construcción del primer memorial judío en Buchenwald, en los restos del antiguo Bloque 22 de los barracones de los presos.
Esta crisis se intentó solucionar mediante la coordinación nacional de iniciativas locales: en 1990 se inició un movimiento para la creación de una fundación nacional que fuese responsable de todos los sitios memoriales de Alemania y que coordinase todas las iniciativas, tanto a nivel local como regional, para homogeneizar criterios.

A partir de los años 1990, la propuesta ideológica de los diferentes monumentos se transformó radicalmente. Los nuevos planteamientos del memorial de Buchenwald incluyen ahora información sobre el terror de Stalin, igual que el de Hitler, porque se ha convertido en el lugar en el que los alemanes fueron perseguidos tanto por el Nacionalsocialismo como por el estalinismo. Pero Buchenwald ha comenzado también a servir como memorial para la nueva Alemania reunificada, igual que lo fue para la Alemania oriental, como un centro de educación y concienciación de las nuevas generaciones.

Todas estas transformaciones también han provocado cambios en la evolución de los tres mitos que dominaron la memoria germano-occidental (victimización, ignorancia y resistencia), y esto puede demostrarnos qué dirección está tomando la memoria pública alemana. Algunos aspectos indicativos de esta tendencia son la creación de una extensa cultura conmemorativa del Holocausto, incluyendo un día nacional de conmemoración, creado durante el 51 aniversario de la liberación de Auschwitz, en 1996, y los fuertes intereses enraizados en la expansión y reconceptualización de los memoriales de los campos de concentración durante toda la década de los años 1990.

Enjambres de políticos, ciudadanos de Weimar y periodistas estuvieron junto al Canciller Kohl cuando dedicó seis grandes cruces de madera para conmemorar a las víctimas del terror de la dictadura comunista y cuando se colocaron seis coronas amarillas y blancas idénticas en las tumbas de los crímenes nazis y comunistas (amarillo y blanco son los colores tradicionales católicos. KOONZ, Claudia, “Germany’s Buchenwald”, pág. 118). Desde entonces, muchos familiares han erigido pequeñas cruces de madera en memoria de familiares que murieron en el campo de Buchenwald después de 1945 como “criminales contra el Estado”. Estas cruces de madera expresan, implícitamente, un resentimiento populista contra los monumentos masivos de mármol y granito erigidos por los gobiernos comunistas.

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