Alemania: memoria dividida
Memoria dividida 1945-2005
Ambigüedad de la memoria alemana
RFA y la amnesia colectiva
Política de la memoria en la RDA
Problemas tras la unificación
Memoria de la ausencia
Algunas conclusiones
   
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  La memoria del Holocausto en Alemania: la memoria dividida, 1945-2005


La política de la memoria en la Alemania Oriental

En la Alemania occidental, el trabajo de la memoria fue a menudo considerado como un castigo por los crímenes de un régimen pasado. Pero su impulso de la posguerra, no sólo se centró en la reconstrucción, sino también en la eliminación de un gran número de restos del período nazi. Con el apoyo de los Aliados occidentales, se esforzó por comenzar de nuevo, por colocar el pasado nazi a su espalda, por buscar una “hora cero” (Stunde Null), que permitiese un renacimiento centrado en aspectos económicos (KOONZ, Claudia, “Germany’s Buchenwald. Whose shrine? Whose memory?”, en YOUNG, James E. (edit.), The art of memory. Holocaust memorials in History, edit. Prestel, Munich, 1995, págs. 111-120. WEIZSÄCKER, Richard von, Drei Mal Stunde Null? 1949-1969-1989, Berliner Taschenbuch Verlag, Berlín, 2003).

En la Alemania oriental, sin embargo, los ocupantes soviéticos se aseguraron de que la destrucción del país quedase en evidencia durante décadas, siempre que fuese posible. Por un lado, lo que era oficialmente considerado como una desastrosa derrota en la Alemania occidental, en la oriental fue considerado como una victoria, como una auto-liberación del yugo fascista y capitalista. Por otro lado, las ruinas, incluso el destruido Reichstag, sirvieron para recordar a la nación vencida cómo se había llegado a la situación actual: implícita en la devastación estaba una advertencia de que podía repetirse en cualquier momento, pero que la Alemania oriental no sería una nación subyugada, porque había conseguido liberarse.

Dentro de la historiografía de la antigua Alemania oriental, la afirmación de la culpa relativa a la guerra y al Holocausto constituyó una responsabilidad del fascismo. Éste, a su vez, fue un subproducto de la burguesía; el proletariado alemán, por tanto, carecía de culpa, siendo “liberado” también por la derrota. Los crímenes del Nacionalsocialismo no son “historizables”, porque si lo fuesen podrían compararse, y si se comparan se abrirían muchas preguntas sobre culpas compartidas. No era el “pueblo” alemán en cuanto “proletariado” responsable de la guerra ni del régimen, sino otra víctima más del fascismo.

Desde el final de la guerra, los centros de persecución y resistencia fueron preservados en el Este: no eran sólo los soviéticos los que tenían interés en mantener algunas de esas ruinas, sino también los dirigentes comunistas alemanes, pues servían para reivindicar políticamente la dura prueba que para el movimiento comunista había supuesto el Nacionalsocialismo y legitimaban la lucha del movimiento comunista ilegal que ahora estaba en el poder. Por su papel durante la guerra como la única organización de resistencia coherente, los comunistas pudieron considerarse como el primer partido antifascista, la primera víctima de Hitler.

Habiéndose definido como un Estado antifascista, y así absolviéndose de la responsabilidad por los crímenes nazis, la República Democrática necesitaba sólo un pequeño paso para conmemorarse a sí misma como una víctima del fascismo. Tanto las víctimas como los resistentes y sus descendientes fueron compensados por ley con una serie de ventajas: mejores alojamientos, asistencia sanitaria, educación, pensiones, etc. Dentro de este marco de conmemoración conjunta, los judíos obtuvieron derechos especiales, pero sólo como luchadores antifascistas, nunca como perseguidos raciales.

Igual que en la Alemania occidental, la identidad nacional quedó enraizada con la memoria política del Nacionalsocialismo como un poder ocupante y la Segunda Guerra Mundial como una guerra de liberación. Esta auto-liberación tuvo un gran efecto tanto sobre los monumentos como en la narrativa ideológica de los memoriales. Por ejemplo, el campo de concentración de Buchenwald, que no fue liberado por los Aliados, sino que consiguió “auto-liberarse” gracias al movimiento político ilegal del campo, compuesto principalmente por comunistas alemanes, se convirtió en un paradigma de la ideología del régimen. En esta versión, el ejército norteamericano (el primero que llegó a las puertas del campo) fue oficialmente considerado como otro ocupante interino, antes de la llegada del Ejército Rojo, el auténtico liberador.

Buchenwald jugó un papel fundamental desde el punto de vista del monumento memorial y como elemento ideológico, un papel casi mitológico, en la auto-conceptualización del régimen germano-oriental. Como memorial, se convirtió en el lugar en el que el carácter, el coraje y la identidad comunista eran celebrados y conmemorados. Como elemento educativo, jugó un papel formativo entre la juventud comunista alemana, que realizaba peregrinajes anuales y participaba activamente en las celebraciones para conocer el papel del movimiento comunista ilegal en la resistencia contra el fascismo. Finalmente, como lugar de sufrimiento y resistencia, de renacimiento del comunismo alemán, Buchenwald se convirtió en un elemento de autentificación, de concienciación nacional (ENGELHARDT, Isabelle, A topography of memory. Representations of the Holocaust at Dachau and Buchenwald in comparison with Auschwitz, Yad Vashem and Washington DC, PIE-Peter Lang, Bruselas, 2002, págs. 121-139. Stiftung Gedenkstätten Buchenwald, Konzentrationlager Buchenwald 1937-1945. Begleitband zur ständigen historischen Ausstellung, Wallstein Verlag, Göttingen, 1998).

Desde los años 1960, el campo central de Buchenwald se convirtió en el memorial germano-oriental más grande a las víctimas del régimen de Hitler, y más de once millones de personas visitaron el sitio, desde su creación hasta la caída del régimen: no sólo era una visita obligada en los programas educativos, sino que se utilizó como elemento con una gran carga simbólica en las ceremonias de iniciación de grupos juveniles, estudiantes y reclutas del Ejército. Aunque también se crearon memoriales en los antiguos campos de concentración de Ravensbrück y Sachsenhausen, estos no jugaron un papel tan destacado como en el caso de Buchenwald.

Hasta los años 1970, los memoriales sólo sirvieron a un propósito: generar y profundizar en la conciencia social y nacional. Los memoriales históricos, por su naturaleza, se convirtieron en iconos de la política del gobierno, piezas del paisaje alrededor del cual los principios ideológicos y simbólicos eran organizados y naturalizados. Haciendo llamamientos a la resistencia, los líderes de la Alemania oriental continuaron ratificando su propia legitimidad como oponentes y víctimas del fascismo.

Desde su creación, el museo y memorial estatal de Buchenwald no intentó remarcar la pérdida de las vidas que habían desaparecido en el campo, sino ilustrar la gloria de la resistencia y celebrar la victoria socialista sobre el fascismo. Con esta finalidad, cualquier monumento público debía centrarse en la victoria, no en los mártires. Como resultado, el memorial de Buchenwald se basa en las escenas triunfales del levantamiento y auto-liberación del campo. Así, el régimen deseaba “monumentalizar”, más allá de cualquier duda, su propia razón de ser, crear un lugar que pudiera recordar definitivamente el nacimiento del Estado. El monumento debía introducir al visitante en una visión de grandes caminos de sangre y sacrificio que llevasen a monumentos victoriosos por todo el valle del Ettersberg, en el corazón de Weimar (YOUNG, James E., The texture of memory, pág. 77-78). En todo el memorial, las víctimas están claramente diferenciadas de los luchadores, tanto espacial como iconográficamente: los judíos y prisioneros de guerra soviéticos son recordados con pequeñas lápidas colocadas aleatoriamente sobre los antiguos barracones y en el crematorio, mientras los líderes comunistas, como Ernst Thälmann, son conmemorados con monumentos propios, diferenciados del conjunto. Sin los cientos de barracones que en su momento llenaron el espacio interior del campo, la ausencia, el vacío, se convierte en un motivo conmemorativo, que sirve para recordar al conjunto de las víctimas, diferenciándolas de la personalización de algunos individuos determinados.

Este fue el principal sitio conmemorativo en que los aniversarios de la denominada “liberación” tomaron el protagonismo. Los líderes del Partido se presentaban a sí mismos como los herederos de una tradición de antifascismo que se había convertido en la razón de ser de la República Democrática.

Pero en esta memoria no había espacio para el Holocausto ni para las “otras víctimas”. El memorial y el museo, fueron construidos para anclar a la Alemania oriental en la herencia antifascista de la resistencia comunista al Nacionalsocialismo: gitanos, asociales, judíos, opositores religiosos, homosexuales o mujeres no figuraban en esta memoria pública. La historia del Holocausto, como se concibe hoy en día (el exterminio sistemático de los judíos de Europa), sólo fue incluida brevemente, como un elemento marginal de la represión fascista. Así, la lección moral que se extraía del memorial de Buchenwald no era “nunca más” al fascismo, al genocidio y al terror político, sino “no olvidar nunca” el poder destructivo del “capitalismo fascista internacional”. Sus “objetivos principales” eran el desenmascaramiento del imperialismo y demostrar la ruptura de la población germano-oriental con el pasado militarista, como no había hecho la Alemania occidental.

Esta posición del régimen comunista implicaba que el consenso de las masas, que había sido una de las bases del Nacionalsocialismo, era completamente ignorado, de modo que la dictadura nazi no había tenido una verdadera base social propia, fuera de la gran burguesía capitalista. Se evitaba también el espinoso tema de la posible culpa colectiva del conjunto de la población alemana. La memoria colectiva oficial impuesta no apoyaba la reflexión sobre el problema de la responsabilidad individual y colectiva por los crímenes, porque el problema, oficialmente, ya había sido resuelto: la responsabilidad pertenecía exclusivamente al gran capital y a un restringido grupo de seguidores de Hitler. Por tanto, el nuevo régimen ofrecía a los nazis una posibilidad de poder reintegrarse en el sistema, a condición de aceptar la dictadura comunista como habían aceptado el Nacionalsocialismo. También la población debía manifestar el mismo conformismo tácito que había demostrado con el régimen nazi. En base a este acuerdo, la población germano-oriental fue transformada, retrospectivamente, en una masa de luchadores antifascistas activos en contra del Nacionalsocialismo, y así se eliminaban las culpas pasadas (GROPPO, Bruno. “Memoria y olvido del pasado nazi”, pág. 46).

La memoria oficial se convirtió en la única autorizada para representar el pasado nazi, y no se toleraba la existencia de posibles memorias alternativas o individuales: ninguna asociación importante que hubiera podido transformarse en aglutinadora de una memoria disidente de la oficial pudo desarrollarse libremente, porque el monolitismo sólo tenía por objetivo legitimar el monopolio comunista del poder.

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