literatura y Holocausto: el dilema de escribir sobre el Holocausto    

Los testimonios literarios



El crimen contra la humanidad comienza con una palabra común: desprecio. Se trata de un estado de ánimo llevado al extremo, programado y elevado al rango de concepción ideológica. El desprecio está en todos los elementos que forman ese proceso: el del guardián de las SS, del civil hacia el detenido, del recién llegado a los presos más antiguos, etc.

El desprecio y el temor serán los elementos de la normalidad de las relaciones humanas en los campos. Allí, los hombres son privados de su identidad, de aquello que les confiere su individualidad, que los designa como seres humanos. La identidad del detenido, su cara, no expresa nada humano, ningún sentimiento.

El proceso de desnudar a los prisioneros, afeitarlos, vestirlos con el traje rayado, convertirlos en una masa homogénea, tiene como finalidad plantear una duda en la mente de todos: ¿se trata realmente de un ser humano? Por eso, los prisioneros se ven físicamente transformados físicamente desde el mismo momento en que llegan al campo: su individualidad queda suspendida a través de la privación de los signos externos del ser humano. Primo Levi describe este proceso al recordar su llegada a Auschwitz: “Hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado la ropa, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre” (Si esto es un hombre).

Estos presos tienen ante sus ojos su futuro, el modelo en que están condenados a convertirse, en la figura de aquellos que llevan más tiempo en el campo. Lo que más les asusta es el parecido de los prisioneros más antiguos con animales, que pasa a ser una evidencia de su propio futuro. La lógica del campo va más allá de este elemento, a la hora de deshumanizar a los presos. Los SS buscan rebajar a los presos al estado más bajo en la escala, hasta convertirlos en meros parásitos.

La dominación brutal no es posible, ni siquiera para esos SS, si siguen considerando al esclavo del campo como un ser humano. Por eso, si sus gestos confirman que se trata de un animal y no un hombre, porque estamos condicionados socialmente a tratar al prójimo como un ser humano, es más fácil someterlo al dominio. Es necesario descender hasta el último grado de la deshumanización de los presos, para considerar que la eliminación no tenía más consecuencia que la propia de un animal.

Los campos de concentración respondían al proyecto político nazi de construcción de una nueva comunidad racial alemana, de creación de una comunidad homogénea de miembros de una Comunidad Nacional homogénea, donde los conflictos de clase hubieran desaparecido. La esclavitud en el interior de los campos se convirtió en una garantía de libertad para los que estaban fuera.

Una de las primeras cuestiones que debemos plantearnos en relación al trabajo de los presos es por qué el trabajo era tan degradante y absurdo. En realidad, la absurdidad de ese trabajo es el último grado de la alienación: el que transportaba ladrillos de un lado al otro del campo no podía encontrar la más mínima dignidad en lo que hacía, los esclavos no tendrían conciencia de ser explotados y la indignidad del trabajo sólo podía convertirlos en bestias. Así se evitaba que se convirtieran en proletariados.

El único vínculo social que podía existir en los campos era la explotación de los prisioneros por otros prisioneros. Así se evitaba que apareciese un embrión de solidaridad colectiva que pudiera unificar a los presos. No se impedía sólo la reconstrucción de una clase social, sino que se lograba matar la humanidad que había en cada uno de los prisioneros.

En los campos de concentración se mata a los hombres, pero también se mata la humanidad que hay en ellos, para garantizar una libertad para los humanos que están fuera del campo.

Podemos pensar después de Auschwitz. También debemos pensar sobre Auschwitz. Pero algunas de las ideas sobre el hombre han perdido parte de su validez por la experiencia límite que ha supuesto un crimen como Auschwitz.

Los testimonios literarios: el trauma de la historia


Los testimonios literarios de los supervivientes de los campos de concentración no son menos dignos de confianza que los relatos o las investigaciones históricas objetivas sin ninguna ambición literaria.

Muchos de los que sobrevivieron a los campos han señalado lo importante que era para ellos transmitir sus vivencias de forma literaria. A sus ojos, se puede acercar la realidad de los campos de concentración a aquellos que no los han experimentado en sus propias carnes, sin necesidad de hacerlo sólo a través de investigaciones sobre los hechos: la estética no disminuye la autenticidad. Los hechos no se pueden integrar en una imagen “normal” del mundo: el conocimiento del Holocausto no explica nada, mientras que la literatura puede abrir y hacer accesible una realidad que parece incomprensible (Ruth Klüger, Weiter leben, 1992).

La escritura literaria también expone aquellos procesos que en las investigaciones históricas se dan por evidentes. En el campo de concentración también existía una vida cotidiana, una “normalidad” que no aparece en esas investigaciones, mientras que para el texto literario casi todo es digno de mención, incluso aquellos detalles que pueden parecer más insignificantes: los sufrimientos, las impresiones físicas (hambre, sed, frío, dolor) son transmisibles literariamente, de forma aproximada.

Otro elemento que a menudo se pasa por alto, y que también se refleja en el relato literario, es que algunos supervivientes (Ruth Klüger, Jorge Semprun, Robert Antelme), señalan repetidamente la necesidad de mantener viva su voluntad de sobrevivir a través del recuerdo literario (poesía, lectura de libros, etc.). Esta forma de mantener viva la escritura equivalía a un “exorcismo” de la situación del campo, pero también posteriormente, cuando se tuvieron que enfrentar de nuevo a la vida fuera del campo, aunque algunos de ellos (Jean Améry, Primo Levi) optaron, finalmente, por el suicidio.

De entre la multitud de narraciones y testimonios personales, destacan algunos cuya calidad literaria atrapa al lector, ya sea en forma de autobiografía, novela, ensayo literario u otras formas mixtas. En su mayoría, sus autores han dejado una obra global que no se limita a sus vivencias en el campo de concentración.

Algunas fueron escritas poco después de lo vivido, como las primeras obras de Primo Levi (Se questo è un uomo, 1946) o de Robert Antelme (L’espèce humaine, 1946-1947). Pero la mayoría hicieron balance de sus relatos al cabo de veinte o treinta años, como Jorge Semprún (Le grand voyage, 1960), Jean Améry (Jenseits von Schuld und Sühne, 1964-1966), Imre Kertész (Srostalanság, Sin destino, 1961-1975), etc.

En estos manuscritos tardíos se aprecia la distancia temporal con lo vivido, porque la distancia añade a la experiencia personal de los distintos autores dimensiones de memoria, reflexión y toma de conciencia. E incluso de madurez. La forma en que el tiempo entrelaza los recuerdos con la actualidad se pone especialmente de manifiesto en autores como Levi o Semprún, cuando vuelven sobre estos temas con la distancia de unos cuantos años. En las obras de Semprún, el pasado y el presente están entrelazados por una red de complejas referencias, con constantes retrocesos temporales y anticipaciones al momento pasado.

En casi todos los autores, la reflexión sobre lo vivido desemboca en síntesis muy similares, a menudo literariamente idénticas. Primo Levi habla de la lucha por la vida, reducida a sus formas más primitivas; Paul Steinberg esboza la maquinaria de la deshumanización y admite que se habían convertido en animales. Otro punto de conexión son las descripciones de los contactos con los civiles, fuera del campo: los presos no eran seres humanos como ellos, y algunos no les dedicaban ni una sola mirada, como si su existencia pudiese ser obviada.

El interno del campo de concentración encarna la figura del hombre expulsado de la sociedad en la que, hasta aquellos momentos, había vivido: ya no goza de la protección de las leyes. El campo de concentración, a pesar de sus numerosas normas y prohibiciones, se ha convertido en un mundo sin ley, sin un espacio para el derecho de los que allí están encerrados.

El poder absoluto que se refleja en los campos, no es un medio para obtener un fin, sino un fin en sí mismo, no necesita ninguna legitimación ideológica. Este poder absoluto, el terror absoluto, no produce nada: se trata de una acción enteramente negativa, una obra destinada a desaparecer sin huellas. Por eso, muchos de estos autores otorgan a la suerte un espacio mucho más importante de o imaginable.

Jean Améry adopta una actitud inequívoca: se muestra irreconciliable y se permite, como víctima, tener un permanente resentimiento. Sin duda, el pueblo alemán no tiene ninguna culpa colectiva, pero desde el punto de vista estadístico sí tiene una “culpa global”, y perdonar esta culpa sería “inmoral”.

Primo Levi presenta una visión extremadamente provocadora, que a él mismo le estremece: no habían sobrevivido los mejores en el sentido moral, sino los peores, los más egoístas, los de menos escrúpulos. Gracias a la “lógica absurda” que imperaba en Auschwitz, se llevó a cabo una selección negativa, porque no era posible sobrevivir sin violar las reglas y llevar a cabo actos ilegítimos.

Imre Kertész ha logrado reconstruir de manera increíble una novela sobre el Holocausto como un elemento de formación contemporáneo. En su obra “Sin destino”, sitúa al lector en el mundo sentimental e intelectual de un muchacho de quince años, la edad en la que fue transportado desde Budapest a Auschwitz, en la primavera de 1944. Se trata de una lectura dura, con la que el autor consigue indignar al lector, herirlo en su moral y, dentro de lo que cabe, escandalizarlo. Kertész recuerda nostálgico: “incluso allí, entre las chimeneas, había en las pausas entre los tormentos algo parecido a la felicidad”.

Aunque su grado de conocimiento público no alcanza en su conjunto al de los autores varones, muchas mujeres, judías en su mayoría, dan testimonio del infierno de los campos de concentración. A los sesenta años, Ruth Klüger, experta en literatura y contraria a la “cultura de museo de los campos” comenzó a escribir su libro “Seguir viviendo”, dedicado a su juventud. Se trata de un libro destinado, especialmente, a las lectoras.

Un campo de concentración no era igual a otro, y para cada uno de ellos existía una realidad distinta.

Liana Millu, en las seis narraciones que se engloban en “El humo de Birkenau” (1947), centra el núcleo de cada episodio en un destino de mujer, casi todos ellos determinados por la muerte de la protagonista. El estilo que emplea de forma muy lograda y consecuente, refleja el espantoso mundo del campo, su vida diaria, el desconsuelo, pero también la cohesión y la solidaridad entre las mujeres. Este tipo de relatos arroja una luz sobre las situaciones típicas que se daban en la cotidianidad del campo.
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