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El legado del Holocausto


El conocimiento de lo que fue el Holocausto no es suficiente para describir el terror que afectó toda la vida de la posguerra. Los hechos acontecidos durante el nazismo son cruciales también para explicar gran parte de la violencia que afectó al resto del siglo XX y que afecta al XXI. Por ejemplo, las doctrinas de los movimientos fascistas de los años 1930 siguieron siendo utilizados en los años 1990 para justificar la violencia en los Balcanes.

Poco a poco, la sombra de la Shoah se ha expandido más allá de la esfera “privada” de la comunidad judía al reino público de los medios de comunicación y las artes populares. Pero esto no quiere decir que estemos más cerca de entender las consecuencias del Holocausto para la sociedad contemporánea. El principal problema que tenemos al enfrentarnos con el Holocausto es darle una dimensión correcta a unos acontecimientos que escapan a nuestra comprensión. Pero también debemos combinarlo con nuestra aceptación de los hechos, imágenes y testimonios, aún cuando no podamos abarcarlos totalmente.

El dilema de escribir sobre el Holocausto ya no se encuentra en el tabú de aquello sobre lo que no se puede (o debe) hablar, sino en la parálisis provocada por una cultura saturada de medios de comunicación, en la que parece que todo se ha dicho ya. Para los historiadores e investigadores de segunda o tercera generación, el acceso al pasado no puede ser directo, sino que sólo puede producirse mediante la memoria de otros, lo que algunos autores han denominado el problema de la “memoria ausente”. En el trabajo de recuperación de la memoria, el tiempo se acaba. Estamos alcanzando una hora crucial, porque la mayoría de aquellos que aún recuerdan y nos pueden explicar lo que pasó, los testigos de primera mano, está desapareciendo. Por eso, el esfuerzo se centra en la palabra, en el recuerdo.

La inmediatez de la memoria posmoderna no ha disminuido la necesidad de rehacer el pasado. Por el contrario, la necesidad de testificar ha ganado una gran urgencia, frente a los vergonzosos llamamientos de los negadores del Holocausto y la desaparición de los supervivientes, los únicos que pueden dar testimonios de primera mano. Los relatores contemporáneos del Holocausto tuvieron que inventar un nuevo léxico que unificase tanto la realidad de Auschwitz como el enredado proceso de redescubrir el pasado que nos atormenta y nos evita. El lenguaje es un problema para pensar en Auschwitz. Por un lado, el terror no se puede narrar, se tiene que vivir. Por otro, el lenguaje es convención, y muchas veces la convención no es lo mejor para hablar de situaciones extremas.

Es esencial que cada uno de nosotros recuerde, reflexione y aprenda la lección de lo que pasó hace más de 60 años. Los prejuicios, el odio, el mal que llevó al exterminio de millones de personas, aún hoy nos amenaza a cada uno de nosotros. Por eso no es algo que podamos relegar a un pasado lejano y olvidarlo: cada generación debe mantenerse en guardia para asegurarse que algo así no vuelve a suceder.

La memoria se apaga. La vida de casi todos los supervivientes se va extinguiendo y quedan posiblemente pocos aniversarios en los que la palabra viva podrá relatar lo indescriptible. Jacques Fredj, director del Memorial de la Shoah de París, señala que “el riesgo del olvido es importante, porque la desaparición de quienes lo sufrieron ancla los hechos en el pasado, pero el olvido puede tomar otras formas, como la amnesia de posguerra, que ha durado 50 años, o la canalización y el empleo en cualquier contexto de palabras como Holocausto”. También afirma: “Queremos escapar de la moralización del ‘nunca jamás’, que ya ha calado suficientemente, y explicar quiénes eran los deportados, cómo se sentían los niños que iban a la escuela con una estrella amarilla. Qué fueron aquellos días sin respirar, hacinados en vagones, de camino a su ejecución en los campos”.

Las oleadas de conmemoraciones del año 2005, por ejemplo, que se iniciaron con el aniversario de la liberación de Auschwitz, llevaron a que, por primera vez, el Holocausto dejase de ser un hecho exclusivo de la historia de la comunidad judía, para recobrar plenamente su lugar en la historia mundial, después de haber sido escondido durante medio siglo.
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