Memoria en España y Alemania    
La recuperación de la memoria. Estado de la cuestión


El tema de la memoria histórica está pasando, en nuestra sociedad, por un período de éxito: estamos asistiendo a un momento de auténtica fascinación con la memoria. Conceptos como la “recuperación” de la memoria y la relación entre la memoria y la historia se han convertido en tópicos populares, aunque se trata de un debate que, en la mayoría de los casos, adolece de reflexión y de escrupulosidad a la hora de aplicar determinados conceptos.

Ya hemos señalado que la “memoria histórica” es un producto derivado de la construcción, más que un resultado de la propia “recuperación” de la misma. Por eso es más apropiado utilizar conceptos como “memoria colectiva” o “memoria social”, frente al concepto de “memoria individual”. Además, si nos vamos a referir a la memoria global de una sociedad, como conjunto, y no a la de un grupo concreto, más o menos reducido, el concepto de “memoria histórica” queda en un paso en falso, frente a la “memoria social”. Esta memoria social es una construcción cultural que requiere un notable proceso de elaboración por parte del conjunto social que describe.

Para asumir el pasado hay que educar en los valores democráticos y perseguir la intransigencia, incluyendo la eliminación de los monumentos y conmemoraciones a los represores y la prohibición de cualquier otra apología. Para generar esta nueva cultura política popular cívica, es necesario un esfuerzo conjunto entre los historiadores, profesores, políticos y medios de comunicación.

Actualmente, la reconstrucción de la memoria histórica se da en tres fases diferenciadas. En primer lugar, una reconstrucción subjetiva, a partir de los testimonios de aquellos que vivieron esas experiencias en su propia piel; en segundo lugar, una reconstrucción objetiva, desde las universidades y centros de investigación. Finalmente, una reconstrucción jurídica, que pasaría por la anulación de todos los expedientes de los consejos de guerra del período franquista y la rehabilitación de sus víctimas.

Los vencedores de la Guerra Civil y sus herederos políticos vivieron con normalidad el olvido historiográfico de los años 1980-1990, y algunos sectores llegaron a defender que era necesario que el pasado quedase así. Pero las memorias individuales de los derrotados, de los resistentes antifranquistas, se opusieron a ese olvido y sus memorias, tanto individuales como colectivas, quedaron a disposición de los historiadores.

Con el inicio de la reconstrucción de la memoria histórica, se dio una reacción por parte de los sectores más conservadores (periodistas, políticos, historiadores, etc.) que se opusieron fuertemente a esta experiencia.

Públicamente, parece que aún no se ha hecho mucho por la reconstrucción de esta memoria histórica, porque los vencidos no tuvieron espacio para el mantenimiento de esa memoria, mientras que los vencedores tenían calles, paseos, monumentos con sus nombres, al mismo tiempo que la Iglesia católica retomaba un proceso de beatificación de sus propios mártires.

Pero la recuperación de la memoria histórica tendría que estar relacionada con una cultura popular cívica que durante muchos años no hemos podido tener (en principio, desde los años 1930). Esto nos ayudará a asumir el pasado, educando en los valores democráticos (evitando las apologías del golpismo y del militarismo), persiguiendo la intransigencia y recuperando la memoria histórica también de los vencidos.

La única forma de conseguirlo es la coordinación entre los historiadores, maestros, profesores de secundaria, políticos y medios de comunicación.

En la actualidad hay varias iniciativas institucionales en marcha: subvenciones para proyectos de recuperación de la memoria histórica, un convenio con el ejército para informatizar y hacer públicos los expedientes de los consejos de guerra, un censo de catalanes que pasaron por los campos de concentración nazis, un trabajo de señalización de lugares emblemáticos, etc.

Hay cuatro elementos que han permitido mantener la recuperación de la memoria histórica. En primer lugar, el fuerte movimiento asociacionista y de grupos de interesados en este tema, que están actuando en Catalunya desde hace tiempo. En segundo lugar, ha tenido una gran importancia la aparición de investigaciones históricas de nueva orientación ideológica. En tercer lugar, destaca el papel de los medios de comunicación en este debate, especialmente de la televisión autonómica de Catalunya, que ha apoyado notablemente la extensión de la investigación de la memoria. Finalmente, el revulsivo que supuso el intento de los gobiernos del PP de eliminar o “reescribir” la historia, desde un punto de vista franquista.

También hay tres cuestiones importantes sobre las razones por las que debemos hacer políticas públicas de recuperación de la memoria. La justicia del reconocimiento moral y ético de todos aquellos que defendieron los valores democráticos, porque olvidar a estas personas es volver a matarlas. Además, la situación actual no es la misma que en los años 1930-1940, pero hay que recordar que aún hay grupos de extrema derecha vivos y empeñados en recordar ese pasado. La recuperación de la memoria histórica pasa por el mantenimiento y vigencia de los valores democráticos en la sociedad actual.

El proceso iniciado en España hace algunos años no es el de la recuperación de la memoria histórica, porque una gran parte de la sociedad no la perdió nunca. El proceso que se está dando es que los historiadores, los medios de comunicación y los círculos políticos están prestando nueva atención a esas memorias nunca perdidas. La investigación, el conocimiento de esos episodios, fenómenos, personas, hasta hace poco excluidos de la memoria histórica, están ingresando, poco a poco, en la historia. No se trata de un cambio en las memorias, sino en la actitud de los historiadores, políticos y periodistas, pero también de la sociedad, hacia un pasado que había quedado relegado en beneficio de la “transición democrática”. Es un cambio en la actitud ideológica con que se contempla, se analiza, ese período histórico, incluyendo la propia transición.

La mistificación de la transición democrática ha tenido como principal consecuencia que el olvido historiográfico y mediático del franquismo, la Guerra Civil y la República, entre 1975 y mediados de los años 1990, sea la otra cara de la leyenda de la transición.

Cuando en 2002 se produjo finalmente la condena explícita de la dictadura franquista y la Guerra Civil, junto al reconocimiento moral de las víctimas de ambos períodos, todo parecía conllevar una normalización de la recuperación de la memoria de la restitución. Pero el precio de esta condena fue muy alto: se buscaba zanjar la cuestión y no proceder a nuevas revisiones en el ámbito político, y se ensalzaba la transición como un proceso político casi perfecto.

Este proceso debería haber llevado a la creación de una política pública de la memoria, basada en la combinación de tres elementos. El primero sería el objetivo de asumir como patrimonio de la nación los esfuerzos que han permitido establecer los valores que vertebran las pautas de convivencia democrática de nuestra sociedad, garantizando la preservación del patrimonio. El segundo sería un programa que garantizase las actuaciones destinadas a difundir ese patrimonio, estimulando en los ciudadanos el interés por conocerlo y aplicarlo a las necesidades del presente. Finalmente, un instrumento, una institución que garantice la ejecución de este programa en la sociedad.

La Ley de recuperación de la memoria histórica, votada el 27 de abril de 2006, establece que la República fue “el primer régimen realmente democrático de nuestra historia (…), antecedente directo del actual Estado social y democrático de Derecho y del Sistema autonómico establecido por la Constitución de 1978”. También se encarga del reconocimiento moral de todos los que “padecieron la represión de la dictadura franquista”.
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