Memoria en España y Alemania    
Recuperación e instrumentalización de la memoria


Como el Holocausto en Alemania, la Guerra Civil española y la dictadura franquista forman un pasado que no acaba de pasar, que ha dejado heridas que aún están muy presentes en nuestra sociedad. En los últimos años, la Guerra Civil ha creado un impacto mediático y un enorme debate público que atañe a casi todos los ámbitos relacionados con el estudio, divulgación y uso público del pasado.

La historiografía, el asociacionismo civil, los partidos políticos y, sobre todo, los medios de comunicación, se han involucrado totalmente en un debate que gira en torno a la llamada “recuperación” de la memoria histórica de las víctimas de la represión franquista. Sin embargo, este debate público gira, fundamentalmente, en torno al “futuro” de la memoria, como una forma de instrumentalizar el pasado. Esta situación de “saturación” del espacio público se da en casi todos los países (Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, Argentina, etc.): la memoria colectiva invade regularmente el presente, los espacios públicos y los ámbitos de decisión política, con el ánimo de “revisar”.

España, como el resto de Europa, no es ajena a este proceso: está sumida en esta consagración de la memoria. Pero este proceso tiene dos consecuencias: la globalización de la memoria y la homogeneización del pasado, por un lado, y la revalorización de la experiencia del sufrimiento como forma de identificación moral con el presente, por otro.

Analizar los usos públicos que tiene actualmente la memoria de los vencidos en la Guerra Civil pasa por enfrentarse a dos problemas relacionados: la rememoración del pasado como un intento de entender ese pasado, y la conmemoración como la adaptación del pasado a las necesidades que se plantean en la actualidad.

Durante décadas, los valores de los perdedores de la guerra quedaron excluidos de cualquier tipo de imaginario colectivo, de la conmemoración y la representación del pasado. Su memoria fue proscrita al ámbito individual y familiar. Por eso, la construcción a posteriori de la identidad propia y la explicación del pasado, a través de la sociedad, ha asumido la apariencia de una “reivindicación” de ese pasado, o de la recuperación de la memoria histórica. Javier Rodrigo ha señalado que “la dictadura franquista intentó llevar a cabo lo que Primo Levi conceptualizó como ‘memoricidio’, impuesto a sus vencidos mediante la más férrea propaganda autolegitimadora, y mediante una suerte de cultura del miedo y el silencio”.

Durante la tan traída y llevada “transición democrática” española, ningún sector social o político asumió la carencia de políticas de construcción de la memoria como una pérdida irremediable. Por el contrario, se decidió no pasar cuentas del pasado. En otras democracias, como la alemana, francesa o italiana, el fenómeno del antifascismo sirvió como paradigma fundacional de las nuevas identidades nacionales, mientras que en España ese papel lo asumía el fenómeno de la superación del pasado. Esta construcción mitológica sobre la base de un pasado como punto de partida de un sistema democrático ha implicado un elevado nivel de conservación de la narración histórica oficial a través, entre otras cosas, del mantenimiento de los “sitios de la memoria”, pero no sólo como elementos físicos, sino a través de todo el aparato simbólico que han ayudado a construir.

Sin embargo, en nuestro país el antifascismo no fue un aglutinador político ni una fuente de legitimidad, debido a la dura represión ejercida por el régimen franquista. El mito fundacional de España fue la transición democrática, desarrollada mediante una renuncia al referente simbólico que suponía la Segunda República como primera experiencia de pluralismo democrático, para trabajar a favor de la estabilidad del país. Así se asentaron las bases de la nueva identidad nacional española de la democracia, basada en el intento de superación de la Guerra Civil, a través del mito de la reconciliación, elementos que influyeron poderosamente en la ausencia de una política de la memoria. Las reivindicaciones de los sectores que perdieron la guerra no fueron de especial interés para los sectores políticos que guiaron el curso institucional de la democratización del país.

Los mitos fundadores de la democracia posfranquista fueron la reconciliación, la transición y la amnistía. Pero también fueron las premisas de la ley que más fuertemente determinaría nuestra actualidad: la Ley de Amnistía, de octubre de 1977, debatido hasta la actualidad como el configurador de las políticas referidas a la historia de la democracia.

La falta de interés conmemorativo, el proceso de transición, la amnistía, etc., todo ello provocó que no hubiese ningún tipo de política de homenaje o reparación de las víctimas republicanas de la guerra o los represaliados del régimen franquista. Tampoco se produjo un debate político sobre las responsabilidades de los dirigentes y colaboradores de la dictadura. Esto llevó a una política de la memoria dirigida al olvido voluntario, en lugar de hacia la creación del prototipo de rehabilitación y reposición de los vencidos.

Esta carencia de políticas de la memoria ha provocado que sea la generación de los nietos de la guerra la que haga retroceder la vista para reivindicar esa historia oscura, el “pasado oculto” sobre el que los libros y las investigaciones históricas se han centrado, pero que no ha terminado de formar parte de una percepción colectiva sobre el pasado, sobre todo a causa de esa carencia.

En nuestro país, la “recuperación de la memoria” es un fenómeno del presente, que se ha desarrollado ante el inminente final del recuerdo directo de la Guerra Civil. Ahora se ha planteado la batalla por la conquista del futuro de la memoria, por establecer cuál será la visión común sobre la guerra, sus vencedores y sus vencidos. El cambio generacional, el cuestionamiento del pasado reciente y la nueva percepción de la Guerra Civil han situado este período y a las víctimas del franquismo en el primer plano público. La reivindicación de la memoria, convertida en un elemento de actualidad, en movilización social, ha pasado del ámbito estrictamente familiar y local a otro a escala nacional. El pasado no acaba de pasar.

Esta explosión del proceso memorialístico, el deseo de rescatar para nuestro presente los valores y vivencias de los vencidos de la Guerra Civil, lleva internamente el riesgo de que todo acabe convirtiéndose en un objeto de consumo cotidiano, un culto de masas, y que pierda así gran parte de su esencia.

Pero existe otro peligro, como es la apropiación y monopolio de la memoria para un interés político actual, su institucionalización, del que no están exentos ni los propios agentes de la memoria ni las diferentes administraciones implicadas en su recuperación. También debe enfrentarse a la creación de estereotipos, a la propagación acrítica de contenidos que pueden empañar el conocimiento histórico, tanto como los mitos y memorias colectivas a las que intenta hacer frente. La línea que separa esta instrumentalización y la manipulación es, muchas veces, demasiado sutil, pero es una muestra del incremento del uso público del pasado al que asistimos en la actualidad, difundido por los medios de comunicación.

La escasez de políticas de la memoria es el elemento esencial para entender que actualmente exista una demanda generalizada de recuerdo colectivo y conmemoración. Sin embargo, la percepción social del pasado no es neutra, sino que se trata de un objeto excesivamente manipulable a la instrumentación por motivos políticos, porque se puede hacer política del presente utilizando el pasado, pero que no debe confundirse con las políticas de la memoria.
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