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El culto a la memoria


Los horrores que se desarrollaron durante el siglo XX han provocado dos tendencias antagónicas. Por un lado, aquellos que defienden el olvido de los horrores del pasado. Por otro, los que señalan que si olvidamos esos horrores estaremos condenados a repetirlos. A partir de este antagonismo, el planteamiento que debemos hacernos es elegir entre olvido y memoria.

La memoria no se opone al olvido, sino que siempre es una interacción entre el olvido de determinados elementos y la salvaguarda de otros, dentro de un pasado que, en su totalidad, es imposible recordar. Por eso, la memoria selecciona aquellas partes el pasado que considera más importantes para el individuo y para la colectividad; organiza y orienta esa selección, de acuerdo con un sistema de valores que asume como parte integral de su propia sociedad.

En general, necesitamos recordar porque el pasado constituye el fondo de nuestra identidad, individual o colectiva, y porque sin un sentimiento de identidad común, sin la confirmación que ésta da a nuestra existencia, nos sentiríamos excluidos y paralizados: los individuos, las personas, necesitamos saber quienes somos y a qué grupo pertenecemos.

En la esfera pública, no todos los recuerdos acumulables del pasado son igualmente admirables o legítimos. Por eso, más vale primero tener presente el pasado más complejo y doloroso que negarlo o reprimirlo; una vez que lo tengamos asumido, será más fácil dejarlo progresivamente de lado y neutralizarlo.

Las colectividades no tienden nunca a olvidar el mal del que han sido víctimas, sino que lo inscriben en la memoria colectiva para permitir que nos volquemos mejor en el porvenir del grupo. Pero este proceso de olvido debe ir acompañado de una serie de condiciones imprescindibles para que su desarrollo sea beneficioso para la sociedad: nadie debe impedir que se recupere la memoria. Jelu Jelev, presidente de Bulgaria después de la caída del régimen comunista, señalaba en este sentido: “Antes de volver la hoja, hay que leerla”. Y es en este sentido que debe inscribirse la necesidad de no evitar que el olvido lo ocupe todo.

Sin embargo, como señala Tzvetan Todorov, no basta recordar el pasado para evitar que vuelva a repetirse, sino que el efecto es, mayoritariamente, el contrario: el agresor actual puede encontrar sus mejores justificaciones en los males que sufrió en el pasado. Por ejemplo, durante los últimos conflictos de los Balcanes, los nacionalistas serbios se remontaban a las derrotas frente a los turcos en los campos de Kosovo, en el siglo XIV. Los franceses justificaban su actitud revanchista, tras la Primera Guerra Mundial, con las injusticias que habían sufrido en 1871. Hitler utilizó el humillante Tratado de Versalles de 1918 para convencer a sus compatriotas de que había que iniciar la Segunda Guerra Mundial. Los antiguos resistentes franceses contra el nazismo practicaron la tortura contra la población civil en Argelia o Indochina, etc. El ejemplo más claro lo tenemos en Israel, donde la memoria del genocidio que sufrieron los judíos no ha evitado algunas de las injusticias que se han infringido a los palestinos.
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